Rata


Los autos se detenían en el semáforo. Veían con pasmo a Rata, el artista, que pintaba un circo y ¿un elefante? en un graffiti.

Las formas se mezclan sin que la gravedad o el espacio importen. La escena captura un momento en la vida de un lugar extraño. Viendo la obra con calma puede ser muchas cosas: una nave, un hormiguero o un castillo multicolor rodeado de seres fantásticos. Hay una llamativa armonía y belleza en toda la imagen, es como ver un león y un árbol y saber que pertenecen al mismo creador.

Pese al calor, el artista lleva la sudadera gris con la capucha levantada, el pantalón es negro y los tenis anchos y marrones. Su rostro juvenil y franco es eclipsado por el mohín agrio enterrado en su boca. El cabello, negro, es descuidadamente largo. Delgado y pálido. De manos largas y maltratadas por los aerosoles. Sus audífonos resuenan con las pistas grabadas en un casete.

“Cierto día don Palabras/ me contó una extraña historia/ de cómo nacen las cosas/ cada vez que uno las nombra” Tarareaba.

Su novia lo acompaña. Su cabello y ojos son morados, lleva una playera amarilla que dice: “X Japan” en un brillante color rosa.

Sus nombres verdaderos están enterrados en el asfalto. La ciudad los bautizó de acuerdo a sus manchas: Karuu, ella; Rata, él.

Sobre la banqueta, docenas de latas y botes de pintura se encuentran dentro de una caja de cartón. A un lado, brochas y estopa.
Es la vida que Rata conoce desde muy pequeño, cuando contaba con seis o siete años. A comienzos de la década de los noventa.

Una noche, sus padres, que eran medio hippies, empacaron toda la ropa blanca que tenían, junto a collares, incienso y cuarzos.

“Vamos a Teotihuacan, a estar en el eclipse total de sol” repetían a familiares y amigos en aquel apacible pueblo de Querétaro. En los sucios camiones de la época, el viaje fue pesado y muy largo, sobre todo para Rata, o Raúl, como le decían sus papás.
Llegaron a la zona arqueológica la noche previa al eclipse, se hospedaron en un hotel barato a pocos kilómetros de Teotihuacan.

Al otro día estaban con miles de personas que bailaban y cantaban en muchos idiomas. Raúl ni siquiera sabía que era un eclipse. Un silencio reverente cubrió todo cuando el mediodía se hizo de noche. La gente miraba al cielo, Raúl, su propia tenue sombra.

Era como asomarse a través de una ventana a un extraño lugar; podía oler, mirar y escuchar cosas desconocidas. Su vida cambió.

—¡Voltea, amor! —le gritó Karuu, sacándolo de sus recuerdos. Ella le tomó un par de fotos con su tablet y las subió a La nube.

Algunas zonas del mural no secan aún y la tarde cae. Hora de volver. La fila es larga y el microbús corto.Toca viajar de pie. El interior apesta a gasolina, sudor y culo. El ruido marea: narcocorridos a todo volumen, gritos y la ronca agonía del motor.

La ruta atraviesa la ciudad como una jaqueca. Por las ventanas del vehículo se puede observar parte del inconsciente colectivo. Ojos porcinos miran sin disimulo la primavera desafiante de los muslos de Karuu. La pareja ríe mientras ven las fotos del día.

Las calles e ideas quedan ocultas tras anuncios luminosos donde bufones en turno nos dicen que comer, qué pensar y qué decir. Luz roja. En los cruceros y en las sinapsis hordas de ambulantes son ignorados en su afán por conseguir una moneda. Luz verde. Turistas multicolores fotografían edificios llenos de memoria para después huir a la franquicia de hamburguesas más cercana.

Existen vías llenas de sangre y oxígeno. Callejuelas que, como razonamientos, discurren a los lados de las avenidas rutinarias.

En ellas, pintas y graffitis vociferan desde las paredes: ‘Chinga tu madre Peña Nieto’. ‘Nos faltan 43’. ‘Puto el que lo lea’.

Un parque burdamente maquillado con aparatos de gimnasia, es el único testigo de los besos de Karuu y Rata al despedirse.



Medianoche, en el patio, frente a las puertas de los cuatro baños comunes de la vecindad, hay una fila de cubetas con agua. Rata espera, la suya es la siguiente. Tras él hay otra cubeta llena de agua caliente y un bote con sus útiles de aseo personal.

El joven cierra su puerta y continúa escribiendo en una gruesa libreta llena de dibujos y calcomanías. La portada dice “Karuu”.

“Flaquita, te conozco, y agradezco tú preocupación por mi estado. Lo hemos hablado mucho; buscamos en libros e internet. Nada.
A veces encontramos artículos, frases, ideas. Algo me ocurre pero nadie sabe que es: ya casi no percibo el mundo como todos. Veo, oigo y huelo cosas que nadie más. Hoy, mientras pintaba, sentí claramente en toda mi piel como si estuviera lloviendo. Era fina humedad, como rocío; cálida y salobre. Trazaba palabras al resbalar. Es la primera vez que ocurre pero fue abrumador. No hay duda, es cuando pinto o dibujo que la realidad alrededor se difumina. Tiemblo, jadeo, y me aferro a ti, mi dulce playa.

Sabes que te amo como idiota, más que a mi propia vida. Dices que también me amas y que nada ni nadie te importa. Solo tú y yo.
Quieres que vivamos juntos. ¿Como puede ser posible si algo está por pasarme? Estoy tan seguro de ello como de que te amo.”

Al día siguiente, domingo, la solitaria pareja llega temprano a terminar el mural. Ya hay mucho curiosos reunidos en el lugar.
Trabajan con entusiasmo y en un par de horas está casi listo. Karuu va al mercado por unas tortas y unos jugos para desayunar.
Rata observa el mural asombrado, siente perfectamente como este lo jala. Su cabello se agita con fuerza hacía la pared pintada.

—¿Que transa mi Rat? —la voz a su espalda es gutural, pesada; proviene de un muchacho enterrado en grasa, con barba de chivo y una sudadera que apesta a sudor reseco y thinner. Sus manos están llenas de anillos y pulseras. Con él hay ocho tipos más.
—¿Que quieres Mamut? —responde Rata.
—¡No te hagas pendejo! Esta barda era mía.
—Me la cedió el…
—¡Callate! Hablas como puto.
Con ojos achinados el muchacho mira a Rata.
—¡Ah chingá! ¿te dio diabetes o cisticerco? —los amigos de Mamut ríen—, ¿o sida?

Los jóvenes se acercan a Rata peligrosamente. Mamut susurra:
—Y encima te andas chingando a la Carolina; iba a ser mi nalguita

El puño de Rata destroza la nariz de Mamut pero nada puede contra los otros ocho adolescentes. La golpiza es corta y brutal.
Mientras Karuu sube a la ambulancia que lleva a Rata a urgencias los curiosos siguen mirando; algunos se roban las pinturas.

Tras dos días cuidando a Rata, Karuu dejó el hospital; con profundas ojeras, pero sabiendo que él estaba fuera de peligro.
Los padres de la joven estaban trabajando y sus hermanos en la escuela. De seguro ni habían notado su ausencia. Como siempre.

Frente al espejo no se reconocía, la sorprendió la obsidiana de sus ojos y cabello.
Sin peluca y pupilentes no lucía kawaii. Sin duda, Mamut estaría alarmado si conociera el motivo de unas llamadas que Karuu había realizado. “¡Ese hijo de puta!” pensó.

Tras bañarse abrió en su computadora el correo electrónico que tenía en conjunto con Rata. Había veinte nuevos mensajes.
La pareja le había escrito a unos investigadores de lo paranormal, con fama de serios, acerca de las experiencias de Rata y enviado fotos de su obra. La respuesta fue abrumadora: hablaban de formas y colores solo visibles con aparatos especiales.
Karuu no dudaba de la condición de Rata. Sabía que empeoraba y que lo ocultaba. Escribir a los investigadores fue idea de él.

“Mi hermoso niño, mi compañero. No nos separarán. Haré lo que sea necesario” Pensó.
No pudo contener dos ardientes lágrimas.

Como otras veces, la joven borró los correos y bloqueó a los remitentes. Lo que fuera a ocurrir lo vivirían juntos. Solos.

En el hospital, rapado y con suero, Rata duerme profundamente. Ha dicho varias veces que es “como asomarse afuera de la jaula”. Aún inmóvil, las ondas gamma de su cerebro despliegan una gran actividad; de existir registros serian idénticas a cuando pinta.

Tras retroceder vertiginosamente en la siempre complicada, y a veces absurda, maraña de recuerdos de su vida, Rata despierta.  Ahora va hacia adelante, donde él no aparece pero Karuu sí, llorando. Un segundo después, madura, ríe, abrazando a dos niños. Amigos y conocidos pasan fugazmente. Sus padres también, arrodillados ante una tumba vacía. Hasta Mamut aparece, acuchillado.

Rata no siente nada. No es frialdad ni desinterés. Es la ausencia de la capacidad de sentir. Ahora despierta nuevamente. Rata no puede evitar comparar lo que percibe con lo que conoce: ríos infinitos atravesando el espacio y seres que los navegan. Planetas con la superficie cubierta de algún tipo de escritura. Estructuras arquitectónicas orgánicas del tamaño de galaxias.

El tiempo transcurre físicamente. Cómo sí en todas partes, y en ninguna, estuviera tocando una orquesta gigante bien afinada.

Hay muchos más sentidos que Rata no puede interpretar. Lo agobian, pero está bien, muy bien. Entonces vuelve a despertar.

Por las amplias ventanas del hospital del Seguro Social se puede ver la intensa lluvia que baña la ciudad a medianoche. La enfermera Maritza no encuentra a Raúl, el paciente de la cama 4, el extraño. Para evitar problemas le llama a la policía.

Lejos, en la calle, rapado y descalzo, Rata camina vacilante. Sólo trae puesta la bata del hospital. Esta empapado. Siente el asfalto caliente y mojado: la piel lustrosa de un animal que reposa y cuyo aliento escapa por las alcantarillas.
A la distancia, una jauría de bestias rugientes con brillantes ojos corren a toda velocidad. Quizá persiguiendo una presa. Un relámpago. Rata percibe con claridad cómo en cada gota a su alrededor nace vida, diminuta y valiosa; temerosa y maravillada.


Escucha a la orquesta del tiempo y se guía por sus notas, largas y graves antes de oírlas; agudas y cortas tras escucharlas. Bajo la amarillenta luz de unas luciérnagas mira una barda donde tiempo atrás él pintó. Las luciérnagas enrojecen bruscamente. Rata corre hacia la barda temblando, hacia el mundo que ahora añora. La jauría rugiente de ojos brillantes se lanza sobre él.

La enfermera Maritza recibe la noticia después y tuerce la boca: encontraron a su paciente, Raúl; fue atropellado, está grave.

Tras veinte años como enfermera, Maritza ha llegado a conocer cosas extrañas y terribles. Intuye lo que viene: Raúl se va.

Vaciada en concreto, con ojos de ágata y boca de ágape, ha llegado a apreciar a Raúl en el mes que lleva en el hospital.

De día, su novia Caro monta guardia como perra; lo baña y lo alimenta; no permite que nadie se acerque a él. No así de noche. En su turno Maritza lo atiende. Lo que la perturba es que casi no percibe a Raúl; no lo huele, no lo oye; es una cama vacía. Varias veces a visto ha Raúl pidiendo con gran esfuerzo a Caro algo sobre qué dibujar. Ella lo besa dulcemente y le dice “No.”

Domingo. Noche. Sólo hay dos personas en cuidados intensivos: Maritza y Rata. De su bolso ella extrae un bloc de hojas blancas.

— Dibújeme algo, Raúl —pide.

Bajo el vendaje, él sonríe. Toma un carboncillo y dibuja. Ella escucha música muy cerca.

Calor. El ulular de las ambulancias. El bloc de hojas es una cascada de luces. Maritza cierra los ojos pero sigue percibiendo. Rata estaba envuelto en un halo que irradiaba un mensaje de energía; puntos y rayas intermitentes, un código de luz en aumento.

Maritza despierta. Sobre la cama sólo hay una bata y vendas. Un agridulce “ha partido”, arruga el concreto en sus ojos y boca.

Tras una noche de pesadillas, Karuu despierta y se baña con calma. Su corazón es un nudo gordiano. Sin Rata, ella siente morir.

La tristeza de la chica fue tal, que su familia la apoyó y animó a que terminara sus estudios. Con renuencia, ella lo hizo. Rumbo a la universidad, el tráfico parece fluir tan lento como la sangre de un hombre obeso en sus arterias saturadas de grasa.

—¡Mira! Un grafo del Rata —oye decir a alguien.
—Ese güey era una chingonería — contesta otro—, dicen que desapareció.
—¿Neta?

Karuu no recuerda ninguna pinta en esa zona; un dia antes paso por ahi mismo y no había nada. Voltea y no da crédito a sus ojos. Mareada, baja del camión. El diseño es como el que ella y Rata no terminaron hace un año. Pero diferente.

Es una imagen-espejo. Viendo hacia el espectador, latas en mano, sonriente, evidentemente feliz. La efigie de Rata aparece dibujada con maestría.

La escena es extrañamente profunda, como 3D; más que un dibujo parece una fotografía. Los colores se funden en tonos sin igual.

Karuu ahoga un grito. Entiende, sin saber cómo, que donde sea que se encuentre, Rata ha dibujado un recuerdo.

Los autos se detenían en el semáforo. Veían con pasmo a Rata, el artista, que pintaba un circo y ¿un elefante? en un graffiti.

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