El daño de Ikloos. Introducción

Basado en Karmatron y los Transformables creado por Óscar González Loyo

Iktam estaba exhausto. Caminaba a buen paso pero estaba cansado de un modo que no imaginaba pudiera existir. Las tres niñas y cinco niños que avanzaban con el también estaban agotados y apenas podían mantener los ojos abiertos; sudaban abundantemente pese a sólo llevar encima pedazos de pieles de animales toscamente curtidas. Todos ellos, de entre once y trece años, sufrían de cortes y moretones recientes, producto de la tarea en la que llevaban días trabajando.

Hacía ya un rato que la luna, vieja friolenta de menguante paso, se había arropado con gruesas nubes dejando al valle en que se encontraban sumergido en una alfombra de sombras. La humedad de la noche volvía al pasto resbaloso y cortante, lastimando los pies descalzos de los pequeños. Se movían en la oscuridad total con facilidad gracias a sus soberbios sentidos, afinados al punto de poder percibir con ellos mucho más allá de lo considerado normal. Se encontraban en la parte central de un valle formado por las partes bajas de varias montañas; los árboles eran enormes, con amplias aglomeraciones de hierbas y plantas.

Desde diversas direcciones, gruesos surcos en la tierra parecían converger hacia el sitio del cual ellos se alejaban. Los ruidos nocturnos de violencia, agonía y victoria, eran ahogados por el rumor de un río parcialmente oculto por las sombras. Allí, al río, era a donde se dirigían Iktam y compañía rodeados por una nube de mosquitos que los picaban y se les pegaban a la sudorosa piel; los niños estaban tan cansados que ya ni les prestaban atención, limitándose únicamente a apartarse de la cara a los más molestos.

Cerca del río, montones de tierra negra circundaban un agujero enorme del cual partía una de las líneas de surcos. Otro par llegaba hasta el río mismo, perdiéndose en el. Iktam, al igual que los demás, percibía el bronco olor de la tierra expuesta como si de calor se tratara, como heridas abiertas en la piel del valle.

Los pequeños llegaron a la orilla y automáticamente se hundieron en el agua fría, la cual los cubrió hasta la altura del hombro y los reanimó bastante. Por experiencias previas con depredadores, no hablaban y procuraban no hacer mucho ruido, sin embargo, no estaban incomunicados, comenzaban a explorar otra habilidad recientemente adquirida y en el éter una ruidosa charla se llevaba a cabo. Iktam y una niña de abundante cabello negrose adelantaron al grupo, que avanzaba a favor de la corriente; pisaban con gran cuidado, evitando resbalar con las redondeadas rocas del fondo del río para no añadir un moretón o corte más a su cuenta. El viento movía la vegetación a ambos lados de la ribera, desde donde docenas de insectos y animales de ojos brillantes los observaban con curiosidad o temor.

Uno de los niños, el más alto, de espeso cabello negro y ojos verdes, se sumergió por completo y comenzó a buscar algo en el lecho del río. Los demás lo imitaron y se separaron tratando de cubrir el mayor terreno posible.

Otra de las niñas estaba más alejada del grupo y buscaba con afán una rama o una raíz suelta para apoyarse; era la más pequeña de todos y el agua la empujaba con fuerza obligándola a detenerse constantemente. En total oscuridad y cada vez con más frío, trataba de percibir con las manos bajo el agua el ruido de una rama deslizándose sobre la corriente; la pequeña, de nombre Nacbee, se detuvo y escuchó con atención, abriendo los dedos y usando las manos como si de orejas se tratara; le llegó claramente el sonido de bordes cortando el flujo del agua, un ronquido somnoliento sobre la cantarina voz del río. Intentó gritar llamando a Iktam pero tragó agua y tosió con fuerza, escupió y lo volvió a intentar. Todos la escucharon y nadaron en su dirección, rodeándola y examinando su descubrimiento: una ancha piedra angulosa y llena de musgo, incoherente con el entorno; más de la mitad de la piedra estaba enterrada en el fondo del río, evidenciando su enorme peso.

Mientras la revisaban, la nube de molestos mosquitos desapareció, anunciando la llegada de una fría y densa neblina que bajaba por el río cuando el amanecer se aproximaba. Un claro en las nubes permitió que la luz de las estrellas alumbrara espectralmente el espeso cabello blanco de Iktam, recordándole a sus amigos las terribles leyendas que cuentan los ancianos, acerca de los oscuros tiempos en que llegaría un guerrero de cabello blanco a guiar a su pueblo a edades más allá de los más lejanos sueños de los videntes; a un destino incierto. Sin embargo, Iktam era sólo uno de entre muchos otros con el cabello así, por lo que tenía tantas posibilidades como cualquiera; con sus ojos grises les regreso la mirada, divertido porque adivinaba los pensamientos de sus compañeros.

Les sonrió y rápidamente, gracias a la práctica, formaron un círculo alrededor de la piedra sumergida. Cerraron los ojos, tomaron aire y se sumergieron lo suficiente para poder colocar sus dedos índices sobre la roca. La temperatura del agua había descendido notablemente, hierbas y hojas cubrieron a los nueve jovencitos durante el largo rato que permanecieron inmóviles, con la mente en silencio y un propósito definido. Instantes después, con los pulmones protestando, alzaron los dedos al mismo tiempo y con ellos a la piedra, que salió levantando gran cantidad de sedimento y gusanos que la corriente se llevó. Se pusieron de pie, jalando aire con desesperación pero sin apartar los dedos de la roca, que era de forma irregular y cuyo lado más largo era casi de la estatura de Iktam. El muchacho de ojos verdes, de nombre Yaotzin, comenzó a avanzar hacia la orilla del río por la cual habían llegado. Por un largo instante, la piedra continuó flotando en medio del río como si no pesara, después se movió dócilmente siguiendo a Yaotzin, los demás niños se movieron junto con la piedra, sin deshacer el círculo y sin apartar sus dedos. En ese punto del río la ribera era más firme y lograron salir con menos dificultades que en ocasiones anteriores.

Se movieron así, empapados y temblando de frío, lo más rápido que sus piernas se los permitieron; la piedra avanzaba a su ritmo, al parecer sin esfuerzo alguno, con uno de sus ángulos dejando un ancho surco en la tierra.

Caminaron durante un buen rato, rodeando árboles y rocas comunes y llegaron a una elevación del terreno desprovista de vegetación donde pese a la oscuridad se adivinaba una vasta mole de formas simétricas.

Con su juvenil voz Iktam le habló a Nacbee:

Pequeña, ve al refugio y haz fuego, necesitamos luz.

Sorprendida, ella respondió con vehemencia en su delicada voz:

Estoy bien Iktam. No estoy cansada. Los ayudare a…

Haz lo que te pedí la interrumpió, necesitamos luz para acomodar bien la piedra; nos alcanzas allá.

Está bien . Aceptó ella.

Nacbee se separó del grupo y corrió hasta llegar a una serie de troncos que formaban el techo que había sido el refugio del grupo durante los últimos días. Rompió un envoltorio de hojas que habían evitado que las ramas que contenía se mojaran y las puso sobre una cama de cenizas y pedruscos. Colocó sus manos sobre las ramas y permaneció en silencio durante unos instantes hasta que surgió fuego, alegrándola mucho pues siempre le había costado un poco encenderlo. La tibia luz iluminó sus facciones así como su cabello y ojos, ambos de color azul pálido. Levantó una larga rama encendida a modo de antorcha y con la danzante luz observó a sus compañeros: estaban cubiertos de lodo y basura vegetal al igual que ella y con dificultad subían la piedra al sitio que le tenían destinado: la cima de un gran montículo artificial, hecho por ellos con docenas de piedras parecidas a la que con tanto esfuerzo transportaban. La tosca estructura, una pirámide, era de cuatro niveles y estaba orientada hacia el este, por donde ya se apreciaba una difusa claridad.

Corrió hacia ella y la trepo lo más rápido que sus cansadas extremidades se lo permitieron. La antorcha arrancaba sombras a la construcción, dando la impresión de que la realidad misma se contraía y expandía rápidamente. Las piedras estaban heladas y cubiertas de humedad. Resbaló un par de ocasiones pero llegó cerca de la cima; Yaotzin la vio y le dio la mano para ayudarla. Ya juntos todos, colocaron la piedra en la posición correcta para rematar la estructura y retiraron los dedos al mismo tiempo; con un potente “Taak” que retumbó por todo el valle la pirámide quedó terminada.

Se abrazaron jubilosos, temblando de hambre, cansancio y frío. Iktam los abrazo a todos, dedicándoles una caricia en la mejilla a las niñas y un fuerte apretón de manos a los niños; se pusieron de acuerdo y se acomodaron lo mejor que pudieron en la estrecha cima y voltearon hacia el este, donde ya nacía el sol; inclinaron sus cabezas en una oración de gratitud al Universo, percibida en sus mentes tan claramente como si estuvieran hablando en voz alta.

Una vez terminada, permanecieron un rato más en la pirámide, mirando el valle a la luz del nuevo día. Iktam buscó en dirección a la montaña más alta el lugar que regresaba a él constantemente en pesadillas. Apretó la quijada al observar de manera fugaz un cráter de impacto en uno de sus flancos. Hacia el norte, un par de aves recorría ya el azul cielo en busca de presas. A ojos de los niños, el lejano ruido de las alas era visualizado como grandes jirones de color gris que se desprendían al igual que las hojas secas de los árboles; arriba de las aves, muy arriba, la figura de la luna, ahora joven y desnuda, mostraba un tatuaje en su blanca piel: la silueta estilizada de un conejo.

Iktam, Nacbee y compañía bajaron de la construcción y comieron lo mejor que sus escasas reservas se los permitió; después durmieron a pierna suelta a escasa distancia de la hoguera.

El sol ya había pasado su punto más alto cuando Yaotzin despertó, completamente alerta y con una improvisada lanza en sus manos; volteó hacia el este y los vio: se acercaban a buen paso, vistiendo túnicas blancas y portando cada uno un báculo y un morral, con los largos cabellos sueltos y la apariencia de tener entre sesenta y setenta años; los Maestros, una mujer y dos hombres, tres, que junto a nueve alumnos, daba el número perfecto de la enseñanza: el doce.

Yaotzin emitió un pensamiento y los demás despertaron de inmediato, sobresaltados: nunca lo habían oído reír. Iktam suspiro largamente, a lo largo de los últimos meses había pensado que no volvería a verlos nunca.

La maestra, de nombre Ithzel, y los maestros, llamados Akatzín y Yethzel, los abrazaron llenándolos de mimos y halagos, curando sus heridas y dándoles abundante comida. Al terminar, mientras los interrogaban de manera consciente e inconsciente sobre las situaciones vividas, examinaron la pirámide, admirando el enorme esfuerzo que realizaron.

La tarde caía cuando la maestra Ithzel subió al primer nivel de la estructura y les habló a sus alumnos con voz profunda y dulcemente modulada:

Mis amados discípulos, estamos orgullosos de ustedes. Han pasado por una de las pruebas más importantes para nuestra raza y la han superado satisfactoriamente, sin heridas graves o muertes que lamentar, gracias al Universo.

El maestro Akatzín, completamente calvo y con prominente barriga, tomó la palabra.

Afortunadamente prevaleció en ustedes el deseo de edificar, de construir, es decir de crear. Si hubieran elegido la muerte o la destrucción en forma de algún sacrificio sangriento no volverían a nuestro pueblo jamás.

Su voz se había ensombrecido y notó las fugaces miradas que los niños le dirigieron a Yaotzin, quién no movió ni un músculo de su cara.

El delgado maestro Yethzel, de voz nasal y amplios ademanes continuó con la plática:

Otros, en iguales circunstancias, eligieron esculpir cabezas o rostros colosales; dibujar en la piel de las montañas la crónica de su odisea o trazar en el suelo signos sólo visibles desde el cielo; únicamente en los registros más antiguos pudimos encontrar referencias a alumnos que hayan creado algo como este magnífico edificio. Sabemos por ustedes que fue la pequeña Nacbee quién encontró la primera y también la última de las cincuenta y dos rocas que lo conforman, otro de nuestros números sagrados. Nos contaron los grandes esfuerzos que pasaron intentando mover aquella primera piedra; trataron de desenterrarla; de arrastrarla; de partirla, pero fue imposible. Pese a las diferencias que surgieron entre ustedes recordaron los juegos que les enseñamos y comenzaron a intentarlo con el más difícil de ellos: la levitación, uno de los rasgos únicos de nuestra gente. Iktam encontró otra y rápidamente ideó un plan; construir una edificación con cuantas piedras grandes encontraran utilizando sus recién adquiridas habilidades.

La maestra Ithzel echó hacia atrás su largo cabello azul y retomo la palabra:

Hoy por fin concluyeron. Con esto han demostrado ser dignos representantes de nuestra pueblo, no sólo por superar un tremendo reto físico, sino porque no se convirtieron en seres sin conciencia; primitivos que sólo atienden a sus necesidades más básicas y viven y mueren sin sentido. Ustedes entendieron que existe algo más grande, más vasto y que fluye en todo y en todos y fue la fuente de su inspiración; ese algo es el Gran Espíritu, y con humildad le rindieron tributo al apresurarse a terminar la pirámide justo a tiempo para esta fecha: el día del Sol Invicto. Los felicito hijas e hijos por haber superado esta gran prueba: el Adaneva, la supervivencia de la mente y el espíritu; son un orgullo para nuestra nación. Ahora queridos, regresemos a casa, donde sus padres los esperan con impaciencia. Concluyó.

Los muchachos se prepararon para partir, recogiendo algunos objetos como recuerdo. Mientras lo hacían les llegó un suave zumbido: desde los cielos del sur, donde emergían un par de lunas pequeñas, una nave de formas aerodinámicas y con los colores de la raza Zuyua había aparecido. Moviéndose a gran velocidad y en completo silencio se posó a pocos metros del improvisado campamento. Un muy joven oficial descendió de ella y los invitó a subir con su gruesa voz. Los niños la abordaron con grandes sonrisas mientras los maestros tomaban vídeos holográficos de la pirámide y sus alrededores.

Al abordar los maestros, el joven oficial, de espeso cabello castaño, nariz aguileña y semblante serio, los ayudó a subir. La maestra Ithzel le dirigió una encantadora sonrisa mientras le agradecia:

“Es usted muy amable observó su placa de identificación , teniente Bantar”.

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