Diosa carmesí

lilith

La oscuridad nocturna envuelve la construcción que corona el montículo: el templo a  Caturix es un círculo de altos y fríos megalitos. Una sombra se mueve con rapidez entre ellos pisando las ofrendas con desprecio. Por todos lados, ramos de flores marchitas y cenizas de sacrificios animales evidencian los recientes rituales de adoración. Oculto por un árbol cercano tras seguir el ínfimo rastro, horrorizado y fascinado a la vez, el viejo druida observa los ágiles movimientos de la criatura que trepa por el templo. Luce como una mujer de largos huesos; sus formas brillan, bañadas en sangre; la boca entreabierta muestra dos largos, goteantes colmillos que parecen nacer desde bultos situados a ambos lados de la nariz. La melena, hirsuta, también esta salpicada de carmesí. Su mirada es febril, enloquecida. Un ser  menos que animal y más que humano. A ojos del druida, toda su presencia grita violencia; exige vasallaje, exige adoración.

—¡No! — piensa con furia Sucellos, el viejo druida —, ¡soy un Pheryllt! Sacerdote  y guardián del templo. No temo ante esta abominación desconocida. ¡Haré pagar a este engendro por nuestros niños y mujeres preñadas que ha asesinado!

De entre sus ropas saca un cuchillo ritual y cubre la hoja con tierra para eliminar algún posible brillo delator. Se quita la gruesa capa de piel de cabra y avanza cautelosamente a través de los pastos coronados de humedad.

En el montículo, el ser trepa hasta la cima de un megalito y se yergue en todo su esplendor. Por varios segundos se rasca y lame con calma, con sensuales movimientos de respiración que hipnotizan. Los ojos, de un verdor corrupto como el agua de una charca, brillan de pronto con demencia. Agitándose como si tuviera vida propia, su lengua, rojísima, otea el aire en todas direcciones y se detiene  en dirección al druida. La criatura emite un ruido áspero, burlón, y salta hacia el siguiente megalito, el más grande.

Con creciente furia, Sucellos ve a la hembra defecar húmedamente sobre el altar consagrado al Señor del Mundo — ¡Profanación! — murmura, apretando con fuerza la quijada. Su mente es un caos y en su corazón algo revolotea como una sombra: desde niño había sido instruido para llegar a ser sacerdote, aprendió a conocer el lenguaje de los dioses que se manifiesta en el crecimiento de las plantas, en la voz del trueno y en el vuelo de las aves y también aprendió a que la maldad se encontraba donde hubiera enfermedad y guerra. En ninguna de las antiguas tradiciones se hablaba de algún monstruo como este, que no tiene ningún respeto por la vida. Llegó detrás de los mil veces maldecidos romanos, estos trajeron mucho más que a sus pervertidas deidades: habían traído también a sus demonios y a sus plagas. ¿Qué significaba esto? ¿Que sus dioses eran más fuertes? ¿O que eran los verdaderos y su propia fe estaba equivocada?

No lo soporta más y corre hacia las ruinas profiriendo gritos y amenazas. La barba es carbón que enmarca los gruesos labios. La criatura lo ve y con un rugido desaparece en un impresionante salto hacia lo negro del cielo. El druida se detiene, observa con mirada penetrante las ruinas sin dejar de lanzar insultos.

— ¡Sal de tu escondite morrigú blasfema! ¡Póg mo thóin! ¡Acabaré con tu oscuridad!

Un sonido y un hedor insoportable lo petrifican: comprende que el ser está detrás de él y en ese largo segundo de asombro pierde la que quizá fue su única oportunidad. De pie, con las mandíbulas grotescamente abiertas la criatura lo muerde con brutalidad, abarcando todo el cuello y doblándolo como si de una ramita se tratase. Sucellos emite un grito ronco, ahogado; sus brazos cuelgan inertes y suelta el cuchillo mansamente. Los colmillos de ella se incrustan profundamente en la carne pero él no siente dolor, solo la tremenda succión que ejercen al extraer su sangre. Con unos pocos movimientos, ella lo tumba sobre el pasto y lo arrastra sin dificultad hacia los árboles, se recuesta sobre él mientras continúa alimentándose. Sucellos siente las formas femeninas, fibrosas, ásperas; inútiles para el amor materno o el sensual, pero perfectas como carnada. Casi sin poder respirar observa de reojo a su atacante, sólo distingue un pálido y felino rostro con una expresión de malsano placer, su visión se nubla y pierde el conocimiento.

En el tiempo que dura un latido del corazón, pasan por su mente y sus sentidos emociones primitivas, recuerdos fugaces, rostros atenuados por la distancia. Comienza a percibir cada vez más nítidamente, ambientes, sensaciones, lugares y personas. Escucha a los odiados centuriones romanos y mira brevemente una embarcación llegando a una hermosa playa; respira el perfume de un bosque cubierto de nieve y un poblado que se asienta en lo profundo. En cada lugar y tiempo la paz es eclipsada por la sombra del ser para que luego el terror se instale, por lo menos mientras quede alguien con vida.  Al principio de cada recuerdo los charcos de sangre regresan limpios a los cuerpos fríos, el horror a los ojos de las víctimas y los alaridos se vuelven pláticas y risas. Incontables memorias así pasan por su sedada conciencia hasta que tal pareciera que son suyos, que retrocede en el tiempo, que ha vivido miles de años a la sombra y en la sombra de los humanos.

Otro latido del corazón. Abre los ojos y se ve a sí mismo como si fuera la criatura que lo está matando; esta se encuentra tirada sobre tierra llena de piedras agudas. Desde lo alto sopla intenso viento caliente que la tortura, abrazando su piel, Resplandores dorados arrancan de su cuerpo sombras danzantes. Casi sin aliento, cubriendo sus ojos, levanta la cara y lo ve; una figura de luz, alada;  la mano izquierda extendida a la altura de los hombros y la derecha completamente levantada sobre su cabeza, señalando. — ¿Qué señala? — Se pregunta la mínima conciencia que queda de Sucellos y que siente una íntima satisfacción al saber que la criatura también siente terror y no quiere ver más arriba. Una atronadora voz dice el nombre de la criatura. Esta obedece con gran esfuerzo y mira hacia donde señala el ser con alas, Sucellos se maravilla ante lo que observa con los ojos de ella; sobre los limpios cielos la enorme hoja de una espada refulge con el brillo del sol de mediodía, la criatura lanza un estremecedor chillido al distinguirla, sus ojos sangran y lo último que ve es que detrás de la espada, en una especie de espejismo que se difumina como la espuma del mar, hay un vasto jardín cubierto de árboles en los que vuelan centenares de coloridas aves. El ardiente destello y el dolor aumentan hasta borrarlo todo.

Despierta trabajosamente presa de hasta entonces desconocidos dolores y sin conciencia alguna del tiempo transcurrido. Es de noche pero Sucellos no puede reconocer ninguna de las constelaciones visibles en el cielo. La mirada conjunta de ella y de él se nubla y se apaga.

Las estaciones pasan como arena entre las manos a través de los ojos semicerrados de ella. ¿Meses? ¿Años? ¿Eones? Por un instante, una figura la estuvo observando con toda su atención desde un lugar ubicado entre los espacios de las sombras. Pensando.

La criatura se levanta de entre las candentes arenas de un desierto rocoso. El hambre la atormenta. Su piel esta ennegrecida y su antaño sedoso cabello esta quemado hasta la raíz, se encuentra desnuda y su dolor por el paraíso perdido es infinito, lacerante; intensos espasmos reemplazan a las lágrimas y por última vez, levanta una mano suplicante al cielo. Permanece  largo tiempo postrada. No hay respuesta. Escucha un ruido zumbante, una piedra se estrella contra su rodilla y ruge de dolor, observa de donde fue lanzada y mira a un grupo de seres, que Sucellos identifica como cazadores primitivos, corriendo en su dirección con toda la intención de matarla. Una tremenda furia se apodera de ella y pese a su dolor se levanta, nota los enormes colmillos que ahora posee y entiende por intuición que ahora es una depredadora; que si alguien la maldijo, en oposición, alguien más la aceptó como hija, dándole su dudosa bendición. Los cazadores son despedazados fácil y cruelmente. Se alimenta de ellos y para su sorpresa no es la carne lo que la sacia, sino la sangre, cálida, rebosante de energía sabor a mar; llena de un amor por vivir que ella no posee más, como no sea para dañar a ¿los hijos de quien la rechazó? La mente de Sucellos es un torbellino y no entiende nada, sólo desea con todas sus fuerzas que tal suplicio acabe pronto.

Otro latido del corazón, ahora espeso, pausado. Observa cómo la criatura se convierte por siglos en el terror de los primitivos. Los tiene al borde de la extinción cuando un valeroso cazador decide enfrentarla; el cazador acaba de descubrir cómo hacer fuego y lo utiliza para defender a su especie de ese engendro que los mata como ganado. Varios más se le unen y logran herirla y asustarla, lo suficiente como para condenarla a vivir solo de noche, cuando la oscuridad es su aliada.

La vida de Sucellos se extingue, entre estertores alcanza a vislumbrar brevemente, pirámides, costas, bosques, jardines, guerras y por todos lados, confundido entre la maldad humana, el rastro de horror y muerte que ella deja. Sus víctimas favoritas son los infantes y las mujeres embarazadas. Es una cazadora pero también una carroñera que aprovecha la desunión entre sus presas para disimular sus huellas.

Sucellos, un instante antes de morir, con el conocimiento extraído, pronuncia el nombre que ella ha olvidado, el que fue maldecido hace milenios y que se susurra entre escalofríos: Lilith.