El pincel

Bajo la tenue luz de una lámpara, el modelista recorre con su pincel, suave y diestramente, los detalles de la miniatura. La base de pintura negra es cubierta con las primeras capas de color, una vez secas, el modelista comienza a aplicar luces; poco a poco aparece un uniforme, es pintado de modo que luzca desgastado y sucio. Las armas y el equipo dan una idea del periodo al que pertenece. La expresión del rostro de la miniatura es de miedo.

La oscuridad total es reemplazada por colores tenues. La áspera sensación de la arena en el rostro, el ruido brutal, metálico y un insoportable olor a quemado comienzan a filtrarse en el vacío. La conciencia aparece como un diminuto faro en medio del caos. El soldado está aturdido, una explosión lo arrojó varios metros hacia atrás. No recuerda quién es ni en donde esta. Como si no fuera suficiente con la noche una espesa bruma dificulta ver al enemigo, pero ¿que enemigo?.

El modelista se talla los ojos, están irritados; son de un azul que nunca a logrado igualar con su pincel. Es hora de ir a dormir, pero antes desea terminar de unir  la pieza central del diorama en el que esta trabajando: un tanque; modelado de forma tal que aparente estar destruido. Así lo hace y lo deja provisionalmente en el lugar que ocupara una vez esté terminado, continuará el siguiente fin de semana.

El fuego de armas ligeras recrudece, parece venir de todos lados, esta solo, su pelotón fue destruido varios kilómetros atrás. Mira a su alrededor, las sombras se agigantan y desaparecen siguiendo el ritmo que las llamas del tanque ardiendo dictan. El soldado recuerda vagamente que esta en un lugar llamado El Alamein, en pleno desierto Africano; en la última carta que le escribió a su hijo lo mencionó, también mencionó que quizá pronto regrese a casa; el enemigo (¡los ingleses!) estaban a punto de echarlos.

Antes de salir a cenar con su esposa, el modelista coloca una diminuta calcomanía en un costado del tanque; representa la silueta de una palmera con una esvástica en el centro. Al día siguiente, cuidadosamente, acomoda la miniatura del soldado al lado del vehículo, controla la pose y ajusta un poco el arma; debe dar la impresión de que esta buscando un blanco, uno que no puede ver.

El fusil Kar 98k del soldado suena varias veces. Los “Tommies” se ocultan bien, son diestros, por algo  han vencido, África es de ellos. De pronto siente pánico al recordar algo: se palpa el bolsillo izquierdo de su feldjacke y saca la fotografía donde aparece con su hijo; estaban cenando en casa de la tía Greta, ambos lucían sonrientes, radiantes. Fue muy duro para ambos explicarle que su mamá murió durante su nacimiento, ahora será difícil contarle de la derrota de la Gran Alemania, solo tiene cinco años y cree que su padre es un héroe.

Nuevamente es fin de semana, como sus dos pequeños salieron de excursión el modelista prosigue con su pasatiempo; pinta extensas zonas del tanque con color amarillo tono “mostaza oscuro” y después le da varios lavados con tinta diluida generando unas sombras muy convincentes, continúa con algunas pátinas para aparentar los daños hechos por el fuego. Luego se enfoca en la miniatura del soldado, con maestría pinta en la bocamanga derecha la palabra “Afrikakorps”, gris sobre negro, tal y como lo llevo su padre.

El viento ha comenzado a soplar fuertemente, falta poco para el amanecer; la bruma, el humo y los disparos han cesado. El soldado, de nombre Heinrich, se mete bajo el tanque buscando cosas que le puedan ser útiles, la retirada promete ser larga y penosa. El hedor lo hace pensar en la tripulación del tanque, pobres infelices, ellos y su pelotón se ofrecieron a cuidar la retirada de sus compañeros. Encuentra su mochila de campaña, la atiborra con provisiones y un par de cantimploras medio llenas de agua; escucha un ruido y  prepara el arma, los ingleses se acercan, tal vez lo han rodeado, ha tardado demasiado junto al tanque.

Debido a sus vacaciones anuales como funcionario, el modelista, de nombre Wilhelm, cubre con una fina tela la mesa que utiliza para su pasatiempo, lo retomará en un mes, cuando regrese con su familia de Inglaterra; será una gran oportunidad para buscar información en los archivos que se conservan en el Imperial War Museum. El diorama se titula: “Tel el Aqqaqir” así se llamaba el último lugar donde fue visto su padre.

En el horizonte, la mirada intensamente azul de Heinrich distingue una colosal tormenta de arena que se aproxima a ellos ¿De donde salio?, pese a las circunstancias, sonríe ampliamente, por un momento le encontró cierto parecido con el fino pincel de pelo de marta que le regaló a su hijo la navidad pasada.

Wilhelm barre las hojas que el tremendo viento ha tirado, se siente frustrado; su investigación solo lo confundió, los registros de la Wehrmacht daban a su padre el estatus de “Muerto como prisionero de guerra”  pero en los minuciosos registros de una dependencia especializada del museo inglés no encontró ningún documento con el nombre de su padre. Esto solo podía significar una cosas: huyó cuando su país y su hijo más lo necesitaban.

La tormenta golpea fuertemente el desierto. Heinrich sabe que es el momento perfecto para escapar, puede escabullirse de los ingleses y quiza llegar al punto de reunión con Rommel, alla lejos, en Túnez; no obstante, hay algo indefinido que lo detiene. Recuerda vivamente los rostros de los italianos que han encontrado: vencidos, humillados, sin ningún rastro de orgullo o dignidad; no quiere llevar eso a su patria y mucho menos a su hijo.

El dia del concurso se acerca y el diorama esta casi listo. Por más que se esfuerza, a Wilhelm no se le ocurre alguna frase o cita que acompañe la presentación de su trabajo, algo relativo a la cobardía. Es de noche y la corriente eléctrica se ha ido, por lo cual encendió un par de velas. Se levanta de la silla y se acerca al robusto librero donde guarda sus materiales de referencia, ha recordado algo: hace muchos años su tía Greta le regaló un libro de poesía que nunca leyó, quizá ahora sirva. Molesto, retira el diminuto fusil, es lo primero que abandona un desertor.

La furia de la tormenta le arrebata el fusil a Heinrich, lo busca torpemente, tropieza y traga gran cantidad de arena, jadea, las balas pasan cerca de el, con decisión desenfunda la Walther P38 y sale de su refugio, corre disparando hacia donde supone están los ingleses, un tiro rasga la bolsa de su camisa, la foto y sus documentos de identificación salen volando en medio de la rugiente tormenta;

Debido al viento, la ventana que da al jardín se abre con gran fuerza apagando las velas; sorprendido, el libro de poesía cae de sus manos, lo levanta y nota que en el suelo hay más cosas: arena, hojas y una fotografía, esta última está amarillenta y muy maltratada pero de inmediato se reconoce a sí mismo y a su padre en una reunión familiar, se queda de una pieza. Nunca había visto esa foto, su tía Greta nunca la mencionó, la gira buscando una fecha que no encuentra; en cambio nota diminutas líneas de colores, el las hizo posteriormente con el pincel que ese dia le obsequió su padre. Se acerca a la ventana para cerrarla, una gruesa arena le abraza la cara, en la oscuridad y con los ojos irritados mira o cree ver por unos segundos, una sombra alta corriendo hacia el: sin duda es su padre, sonriente, gallardo en su uniforme, encarando al enemigo. Invicto.

La tormenta aumenta su furia, el soldado percibe por un momento la figura de un hombre y le apunta, se detiene cuando intuye, más que ve, un pequeño pincel en la mano derecha del hombre. Pese a que las balas inglesas siguen pasando cerca, baja el arma lentamente, potentes sentimientos se agolpan en su pecho pero, dominandose, sonríe con amor a su hijo.

Las lágrimas corren libres por el rostro del modelista al regresar a su mesa de trabajo, no entiende cómo pudo pensar mal de su padre. Tras meditarlo mucho, con mano temblorosa, hunde tímidamente el pincel en la mezcla que utiliza para representar sangre.

Bajo el seco estampido de la pistola los ingleses caen, uno tras otro, ahora los puede ver claramente en sus uniformes color caqui; el arma esta vacía, Heinrich recarga cuando siente una especie de humedad en el pecho, cae de rodillas, en su mente dos nombres resuenan una y otra vez: ¡Mathilda, Wilhelm!

El magnífico trabajo es presentado; sobre la detallada escenografía del desierto aparece un tanque, un PanzerKampfwagen III Ausf. J destruido. Rodeado por soldados británicos. El diorama y el modelista esconden un secreto: impresionados por su valor y sin modo de identificarlo, los ingleses enterraron al soldado alemán como si fuera uno de ellos antes de continuar con la cacería del Afrikakorps.

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