ISON

El ingeniero en jefe Douglas Carlson confirmó visualmente que la cafetera todavía tuviera agua caliente y cruzó la sala tarareando quedamente las notas ambientales de un cuarteto de jazz. La música se mezclaba con los sonidos electrónicos provenientes de los modernos equipos instalados en aquél piso. La especialista Lindsay revolvía suavemente café y leche en una taza que decía “Propiedad de la NASA”. Notó que Carlson se acercaba y le sonrió, llevaban casi dieciocho horas preparando y ajustando los delicados instrumentos y al jefe se le notaba el cansancio.

—¿Gusta otro café Doug?

—Si, gracias. ¿Ya regresaron Dave y Austin?

—No, ¿quiere que les marque?

—Hágalo por favor. Ya durmieron una hora, ¿que más quieren?

Lindsay tomó la taza que Carlson sostenía y la llenó de agua, la taza, su favorita, era amarilla, con un risueño pintado a cada lado del asa. Se encontraban en el Centro de ciencias Spitzer, en Pasadena, California. El equipo de 11 técnicos e ingenieros en sistemas que dirigía era parte del Jet Propulsion Laboratory de la NASA. Esperaban la llegada de los “datos duros” provenientes del Centro de vuelo espacial Goddard, ubicado en Maryland. Una vez recibidos, las computadoras del Centro de Ciencias traducirían y archivarían por triplicado el caudal de información científica. La labor de Carlson y su equipo era supervisar este crítico proceso.

Entre las órbitas de la Tierra y Marte, la fuente de los esperados datos estaba por llegar a sus nuevas coordenadas: era poco más que un panel solar, una unidad de comunicación, una potente computadora y media docena de cámaras: la sonda de Alerta Temprana numero 4 se encontraba directamente en la ruta del cometa Ison, llamado “El cometa del siglo”. Una vez alcanzada la distancia adecuada, dispararía sus cámaras de alta resolución en tres intervalos de treinta segundos cada uno, el ultimo seria al alcanzar el punto más cercano al astro, el cual era denominado por los astrónomos punto de reunión. Después, se esperaba que la sonda sobreviviera al paso de la cauda y regresara a su órbita original.

En Pasadena la expectación aumentaba. Una hora antes en la planta baja Carlson había escuchado al encargado de relaciones públicas, Robert “Bob” Montero, explicar a los alumnos de una universidad que visitaban el complejo las razones por las cuales el evento era emocionante para los veteranos astrónomos:

—El astro será el primero en ser fotografiado tan cerca pero solo por casualidad ya que fue detectado hace algunas semanas, cuando alcanzó la órbita de Marte —explicaba Bob, con amplios ademanes —, no había sido avistado nunca lo cual ya es bastante irregular para ser un cometa. Además, su cauda o cola fluctúa de modo anormal y su color gris es muy extraño. En suma: algo único.

Les había dado copias de fotografías tomadas desde la Tierra, la resolución era muy baja pero servían para darse una idea.

—Luce como la lágrima de un muerto —, había bromeado uno de los estudiantes.

A Carlson la lejana estampa del cometa  le recordaba las auroras boreales: inhumanamente frías y espectrales, sin ninguna relación con lo que se considera “normal” en la Tierra. Eso era lo que mostraban los telescopios, pero la sonda, que había sido reubicada a toda prisa, se encontraría a pocos cientos de metros y lograría imágenes inigualables. Los astrónomos sabían que esos misterios se resolverían en los laboratorios tras meses de exhaustivos análisis pero, también es verdad, eso no les importaba en lo más mínimo a los ahí reunidos, tal era la expectativa que el cometa Ison había levantado. Para el equipo de Carlson lo más duro había pasado, solo les restaba supervisar; las unidades de almacenamiento ya estaban programadas y el tiránico jefe había vuelto a ser el afable ingeniero que todavía guardaba lápices en el bolsillo de su bata.

Del lado sur del edificio del Caltech se encontraba un patio de operaciones auxiliares. En este, una veintena de personas de los servicios de limpieza esperaban a que el evento cósmico concluyera. Tenían prohibido realizar cualquier tarea mientras los astrónomos estuvieran ocupados así que disfrutaban de un turno tranquilo. Algunos platicaban, otros fumaban con calma sentados en el pasto; varios de ellos observaban con interés las noticias en una televisión pequeña, al parecer, del otro lado del mundo, en Rusia y Medio Oriente, sucedían cosas extrañas: se informaba de la pérdida completa de comunicaciones con gran cantidad de lugares; perturbados testigos hablaban acerca de enormes grupos de personas que parecían volverse histéricas sin ningún motivo, pero sobre todo se reportaba la presencia de una especie de bruma muy fina cubriendo el cielo.

Todavía faltaban varios miles de kilómetros para el punto de reunión cuando la sonda comenzó a disparar sus potentes cámaras y sensores. Carlson podía imaginar perfectamente a su colega y amigo, el Profesor Austerberry, presionando a los chicos del Centro Goddard para lograr la mejor calidad posible con el material que les estaba llegando. El primer lapso de treinta segundos llegó al centro de ciencias menos de dos minutos después. Las imágenes mostraban un poco arriba y a la izquierda de las pantallas un objeto marrón de las dimensiones de una nuez en el primer segundo y que ya tenía el tamaño de una pelota de béisbol en el último; carecía de forma regular, lucia como si varias montañas hubieran sido pegadas torpemente unas con otras y cubiertas con miríadas de puntos negros. Carlson y su equipo observaron absortos tanto el lapso de imágenes que se repetía una y otra vez como los diferentes resultados de los sensores. La especialista Lindsay comenzó con  los primeros comentarios acerca de su posible composición, las réplicas de otros miembros del equipo no se hicieron esperar y muy pronto Carlson paso, de moderador, a apasionado defensor de los compuestos orgánicos.

Las discusiones acabaron cuando las pantallas se oscurecieron y apareció la leyenda “stand by” en un brillante color rojo. Todos sonreían y aplaudían satisfechos. Le habían dado el primer vistazo a las fotografías de la sonda, las cuales tardarían quizá un par de horas en ser publicadas. Instantes después llegó el segundo lapso de treinta segundos, exclamaciones de asombro y desconcierto llenaron la sala. Girando sin cesar, el cometa ocupaba ahora la totalidad de la pantalla, en las primeras tomas se apreciaban con claridad los detalles de su geomorfología: largos picos reventados, profundos abismos, enormes zonas de hielo amarillento, plomizo; una nube de rocas de todos los tamaños acompañaba al astro en su camino, nada inusual en todo esto. Lo que había provocado las reacciones de los científicos era lo que se observaba a partir del segundo seis: los que en principio habían sido tomados como cráteres de impacto por meteoritos, ahora mostraban una forma extrañamente familiar, parecían rostros, formados por vacías bocas y ojos, abiertos grotescamente en un  gesto de súplica ó miedo total. Eran miles, surgían de todos los rincones del cometa, abismos, elevaciones, grietas. Todos voltearon a ver a Carlson, el cual estaba tan aturdido que no atinaba a decir nada; en la pantalla de su terminal se dibujó un cuadro de videochat y en este apareció el rostro rubicundo del Profesor Austerberry quien, visiblemente nervioso, gesticulaba y movía los labios a gran velocidad pero ningún sonido llegaba; al parecer había olvidado activar el sonido. Por inercia, Carlson observó las otras ventanas de videochat y se sorprendió al ver que sus colegas de Europa y Asia estaban fuera de línea, algo inaudito.

Llegó la tercer tanda de fotografías. El cometa era visible por su parte trasera, se veía más pequeño puesto  que se alejaba de la sonda. También por esta parte, estaba cubierto de fantasmales rostros formados por los agujeros. La cámara estaba programada para hacer un acercamiento total hacia la zona central del cometa. Por unos instantes no se vio nada debido al polvo que iba despidiendo y a la extraña cauda, de pronto, las pantallas se aclararon y la sala del centro de ciencias se llenó de gritos de susto, cayeron sillas y equipo al alejarse los científicos instintivamente de las pantallas.

El lugar era un caos mientras el pánico se acrecentaba con cada nueva repetición del último lapso de treinta segundos: tras aclararse la imagen, esta se abría a una espaciosa planicie del cometa, de tonalidades grises y limpia de rasgos geológicos. Sobre ella, docenas de seres vagamente antropomorfos y, sin duda gigantescos, elevaban lo que parecían sus extremidades superiores en algo que a la embotada mente de Carlson le recordó una invocación.

Jadeando en busca de aire, la especialista Lindsay se asomó por la ventana que daba al patio de servicios, sentía que sus piernas no soportaban su peso y que salía un vapor cálido de toda su piel. Algo llamó su atención y vio que el personal de servicio que se encontraba en el patio estaba extrañamente inmóvil, un grito salió de su garganta al reconocer que adoptaban una postura que acababa de ver en su terminal.

En el escritorio de Carlson, bajo la silla, su taza favorita yacía rota, el café formaba un charco sobre el cual se reflejó oscuramente el momento en el que, al mismo tiempo, con crujidos secos de huesos y ligamentos, los presentes levantaron sus brazos por encima de sus cabezas uniéndolos desde el codo y hasta la muñeca, del mismo modo que los seres que habían descubierto en el cometa.

El planeta Tierra lucia opaco, como cubierto de nubes, una bruma tenue, ligeramente gris, se extendía por su superficie. Durante horas, obedeciendo a un llamado irresistible, la bruma abandonó el planeta y se proyectó al espacio; como si se tratara de sangre propagándose en el mar, volutas de millones de kilómetros de largo se extendieron por el vacío y se dirigieron al encuentro del cometa de incesante giro; al llegar a el fueron absorbidas brutalmente por los agujeros que formaban los espectrales rostros. Los seres que lo habitaban bajaron sus largos apéndices y descendieron por una descomunal rampa de piedra.

Las almas de  la totalidad de los seres humanos servirían a sus propósitos.

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