Espejo

El astro se alzó una vez más sobre el horizonte del silencioso mundo. Esta vez algo había cambiado.

 

En una de las escasas playas que el océano no había cubierto, una docena de esculturas con forma humana recibió los primeros rayos de la ardiente brasa que comenzaba su ascenso; al contacto con estos, delicados sentidos escondidos en las esculturas encontraron patrones largamente esperados y entraron en acción. Una gruesa capa protectora de metal que las cubría se fracturó y cayó en pedazos. Adelgazadas, libres, con rasgos y apariencia infantil, las esculturas comenzaron a moverse y a dominar sus cuerpos de color dorado; cuando lo lograron comenzaron a explorar su entorno. Ráfagas de viento caliente atravesaban aullando la playa; las nubes, negras, se apartaban al paso del lucero, auténticas cascadas de relámpagos unían cielo y mar. El poderoso astro se encontraba ahora casi en su zenit, era cien veces más brillante que el que habían conocido los constructores de aquellas esculturas, ahora animadas.

 

Quedaba poco tiempo. Recuerdos aletargados emergieron de las efigies. Caminaron en fila hasta la playa y formaron un círculo. El mar bullía y la arena se vitrificaba pero eso no afectaba a su fuerte constitución. Agudos chillidos electrónicos surgieron de sus gargantas y los fueron modulando hasta ser exactamente iguales a los almacenados en sus memorias de cristal. La atmósfera se espesaba y la visibilidad descendía, solo el tremendo brillo del cuerpo celeste ayudaba a ubicar arriba y abajo, no obstante, el calor parecía surgir de todos lados, no solo del astro.

 

Con tres sonoras palmadas, las figuras comenzaron una larga serie de cantos, cantos en los que la sorpresa, el gozo y el juego eran los principales protagonistas; las letras evocaban cosas y seres que las figuras desconocían por completo: árboles y mariposas, sapos y lagartijas, dulces y juguetes; cada canción era cantada en su idioma original, con los vaivenes y tonos correctos, con convincentes risas y ruidos de asco o susto donde era necesario. Cada canto incluía su propio baile; torpes al principio, las doradas efigies pronto adquirieron la gracia suficiente para reproducir los brincos, palmadas y vueltas correspondientes a cada canto. En ocasiones, alguna de las doradas figuras continuaba canturreando después de haber terminado la tonada, dando la impresión de haberla disfrutado mucho; los demás le aplaudían y bailaban otro poquito.

 

La arena crujía y silbaba. El mar, hirviendo, se había retirado a más allá de donde alcanzaba la vista, nada de esto importaba a las figuras que continuaban con su alegre fiesta.

Poco después, acabado su ciclo, el llameante astro desapareció tras las negras y brillantes nubes. Humeando un poco, las figuras se detuvieron un instante sobre la gruesa capa de vidrio fundido en que ahora se hallaban y comenzaron la canción final. Si estos actos eran idea de un individuo o de una especie no lo sabían, ni tampoco si eran observados por algo o alguien, ni mucho menos el porque sus constructores eligieron aquella como la última canción de aquel planeta silencioso; quizá se debiera a que la música les pareció más alegre o divertida que las otras o quizá por estar escrita en uno de los lenguajes más antiguos del planeta, según sus registros. No importaba.

 

Las doradas figuras voltearon al mismo tiempo en dirección opuesta a aquella por donde había descendido el astro y observaron; de horizonte a horizonte una colosal  pared negra se aproximaba velozmente, se levantaba llegando hasta el cielo; era el océano siendo evaporado y proyectado al espacio en cuestión de instantes. Tras la última noche sin noche, la Luna se había puesto y el Sol surgía, mil veces más grande y mil veces más cerca. Faltaba poco, sin inmutarse, las figuras formaron una fila, tomaron la cintura del que tenían enfrente y graciosamente comenzaron a avanzar por la franja de cristal fundido donde se encontraban mientras cantaban alegremente:

 

A la víbora, víbora

de la mar, de la mar

por aquí pueden pasar.

Los de adelante corren mucho

y los de atrás se quedarán

tras, tras, tras.