La guardia.capitulo dos

CAPITULO DOS

6:09 a.m.
El choque contra las rocas de la agreste costa es brutal.
La lancha se parte por el medio de la quilla y la mujer es lanzada a las frías aguas, al instante se reanima y con sus escasas fuerzas, comienza a luchar para sobrevivir en la semioscuridad del amanecer, encuentra una afilada roca y se aferra a ella. Este hecho penetra en su embotado cerebro dándole la energía que necesita para continuar -¡lo logre, lo logre!- se repite una y otra vez.
Como puede nada de roca a roca avanzando unos pocos metros cada vez, el pantalón se le desgarra con los salientes. Sin saber porque voltea hacia donde flotan los restos de la lancha y entonces recuerda al muchacho, no ve su cuerpo flotar por ningún lado -pobrecillo- piensa y continua. Ya puede ver con toda claridad la costa, casi no tiene playa y la vegetación esta muy cerca del mar, por todos lados formaciones de rocas rompen las olas -hasta la tierra es hostil con los extranjeros- dice en voz baja. Siente la arena bajo sus pies, sigue avanzando y con un enorme esfuerzo se yergue, solo la cubre una camisa blanca, que dice “I love new york” y un destrozado pantalón de mezclilla. Su cuerpo se encuentra lleno de dolorosas quemaduras por efecto del sol pero casi no las siente, sale del mar y se desploma, permanece tendida por espacio de varios minutos, con la larga cabellera negra cubierta de arena. La sed la atenaza y desesperadamente comienza a arrastrarse hacia la linea de arboles en busca de alguna fruta que la hidrate. Con dificultad se levanta apoyándose en una palmera, sobre el sonido del mar y las aves, un ligero rumor la hace voltear la cabeza hacia la izquierda, tras un tronco se encuentran decenas de riachuelos que desembocan en el mar. La mujer los ve como en un sueño, avanza trastabillando hasta ellos y hunde la cara en uno, bebe largamente sin importarle nada.
Vomita el agua violentamente dos veces, al final su maltrecho estomago la soporta, jadeando y viendo puntos luminosos se sienta a un lado de la palmera, esta exhausta y tiene vértigo pero un sentimiento de felicidad la embarga, después de cuatro años de pesadilla, de ver y sobrevivir a cosas horribles por fin estaba a salvo de los endemoniados. Agarra la arena como si nunca la hubiera visto, ahora que la sed comienza a desaparecer, el hambre surge temiblemente -solo un rato mas- se dijo a si misma.
Mientra recupera fuerzas, recuerda su llegada a Cuba huyendo de España hacia casi cinco años. La cuarentena de mas de tres meses viviendo en el barco que los había llevado a la isla a ella y a sus cincuenta y dos compañeros, meses tan tediosamente largos que casi se volvieron locos, hasta que por fin, lograron convencer a La guardia que no estaban infectados, que no eran portadores del virus que había acabado con el sesenta por ciento de la humanidad. Los dejaron bajar a tierra firme mientras comenzaba el también largo proceso de acomodo en algún país  tiempo muy feliz en el que hicieron muchos amigos entre los cientos de europeos que esperaban su traslado en la base de Guantanamo, convertida ahora en un centro de refugiados. Pasaron dos meses, una noche, después de cenar en sus guetos correspondientes, el grupo que llego con ella se comenzó a reunir de manera informal en su pequeña casa, traían consigo varios rumores realmente angustiantes, hablaron durante un buen rato y llegaron a la conclusión de que un barco, de algún modo, había burlado a La guardia y había llegado a República Dominicana sin ningún control sanitario hacia pocos días  se hablaba ya de combates entre La guardia y enormes grupos de endemoniados, como se le decía en América a las personas infectadas por el virus en referencia a su comportamiento, preguntaron a sus encargados, pero naturalmente, estos negaron todo y les ordenaron mantenerse en sus guetos.
Pasaron dos tensos días y en la madrugada del tercero todo se precipito, decenas de habitantes de Rio seco llegaron a Guantanamo asegurando que habían visto explosiones enormes en dirección a Dominicana, decían que La guardia estaba bombardeando la isla con armas tácticas y lo pero era que decenas de lanchas que huían de allá estaban siendo hundidas indiscriminadamente por vehículos aéreos no tripulados, a partir de esos momentos lo único que recordaba era la confusión cuando cientos de endemoniados, hasta hacia poco personas sanas, comenzaron a penetrar el perímetro del gueto y La guardia asignada fue rebasada muy pronto. Se estremeció cuando recordó las brutales escenas de matanza y canibalismo que presencio, La guardia disparando y matando a sus compañeros y a endemoniados por igual, la huida del gueto, la larga marcha en todo tipo de medio disponible hacia Santiago para que al llegar allá ya hubiera brotes masivos. Seguir huyendo hacia el oeste de la isla, siempre hacia el oeste durante un infernal mes, recordó la llegada a Pinar del rió y de ahí la corta carrera en auto hacia Bahía de corrientes, ya desde tres horas antes de llegar se veían los gigantescos hongos de las bombas tácticas que convirtieron la bahía en piedra calcinada lo mismo que a la Isla de la juventud.
Con los ojos semicerrados escucha ahora, el silencio se apodera de las aves de la costa, igual al que tuvieron que guardar durante los siguientes treinta y ocho meses que anduvieron ella y los pocos sobrevivientes de su grupo escondiéndose en los cayos y atolones cercanos a la isla de la juventud, los endemoniados buscaban comida por todos lados sin cesar y varias veces estuvieron a punto de ser descubiertos, los intentos de comunicarse por radio con La guardia allende el mar y el invariable bombardeo siguiente. Al parecer, La guardia no quería cometer el mismo error. Tan reales son sus recuerdos que hasta le parece escuchar los pies arrastrándose en la arena del enorme grupo de un capitán francés que había logrado llevar a su tripulación y pasajeros hasta ese punto de la isla vivos, el capitán les había prometido sacarlos siempre y cuando lograran conseguir un barco que sirviera, ella y sus compañeros sabían donde estaba uno, en un dique seco en Siguanea cerca de las ruinas del antiguo hotel Colony, se unieron a ellos, recuerda los veinte días que tardaron en echarlo a andar. En ese tiempo localizaron a mas supervivientes y el grupo rebaso los trescientos, entre ellos había algunos guardias que aseguraban que la isla estaba siendo sistemáticamente bombardeada con armas químicas y que urgía salir de ella, pronto surgieron los problemas para alimentar a todos y principalmente para mantenerlos ocultos de los hambrientos endemoniados.
Por fin estuvieron listos y el capitán ordeno comenzar a buscar víveres para unos doce días de travesía. Era el tiempo que, aseguraba, les tomaría burlar las patrullas y llegar a la costa de el parque natural San felipe, un punto ciego en la red de protección de la guardia. Un punto por el que había pagado mucho dinero para conocer su ubicación. Comenzó una discusión por el tema de los casi inexistentes alimentos, se encendieron los ánimos y se armo una gresca terrible en la que ocho personas fueron apuñaladas. El ruido atrajo a los siempre alerta endemoniados y poco antes del anochecer atacaron.
Una sombra le tapa el todavía tibio sol. Abre los ojos, el corazón le salta en el pecho, frente a ella, de pie y mirándola fijamente, ¡el muchacho! ¡ había sobrevivido también . Con gran esfuerzo sonríe  su sonrisa desaparece y es suplantada por una mueca de espanto cuando observa bien al muchacho; todo el lado derecho de su cuerpo, cara y cuello están horriblemente quemados por el sol, solo trae puesto los restos de un pantalón negro, sus ojos están llenos de sangre y de su boca sale una saliva rojiza y espesa. Endemoniado.
Un agudo grito de terror que se convierte en una carcajada de histeria pura sale de la garganta de la mujer cuando el muchacho se lanza sobre ella y comienza a devorarla.
9:28 am
El Oficial ingeniero Nicolas Alvarez maldijo por enésima vez.
Desde que en la madrugada se había dado la alarma de contacto en el mar, no se había despegado de la consola de control de los vants basados en tierra y se encontraba cansado y hambriento, llevaba dos meses destacado en la base numero cuatro y estaba harto de la rutina y de los reclutas de reemplazo que no sabían ni les interesaba nada. Estaba solo y tenia la obligación de vigilar los casi doscientos kilómetros cuadrados de territorio asignado a su base.
La “base numero cuatro” consistía únicamente en dos habitaciones grandes y cuatro mas pequeñas, construida de concreto reforzado, con el techo cubierto de antenas y ubicada a veinte kilómetros de la costa, era el lugar desde donde se controlaban los seis vants armados que eran la dotación de la base.
En teoría  deberían de ser ocho personas las que llevaran a cabo aquella repetitiva tarea, pero en realidad era una suerte que el siguiera en su puesto y no se hubiera largado al pueblo a emborracharse desde la tarde anterior como los demás. Una vez que la Guardia había aceptado reemplazos de cualquier tipo, esas situaciones se estaban volviendo alarmantemente comunes. Se acomodo el castaño cabello, limpio los cristales de sus lentes y dejo que sus largos dedos volvieron a teclear sobre el escritorio virtual que su dispositivo desplegaba, los mismos comandos que había tecleado una y otra vez, ordenes de búsqueda en tal o cual sector, comprobar, escaneo de las zonas donde podía ocultarse un bote salvavidas, comprobar, rastrear frecuencias de radio en busca de señales de auxilio, comprobar, en fin, cualquier cosa que indicara la presencia de fuerzas hostiles… ¡y comprobar todo una y otra y otra vez!
Nicolas, al igual que cualquier persona familiarizada con las computadoras, sabia que los vants buscarían de manera incansable siguiendo sus patrones de lógica  eso se daba por seguro, pero lo que atemorizaba a la Guardia, al punto de destinar enormes recursos a la búsqueda posterior a cualquier contacto, era la posibilidad de que se tratara de un grupo organizado o en el peor de los casos, de una falla accidental en la red de protección. Esto ultimo era lo que había ocurrido en Cuba cuatro años atrás, cuando la mayoría de las personas en América tenían la impresión de que el peligro ya había pasado y podían dedicar los vastos recursos de La guardia a cosas mucho mas apremiantes, entonces una falla, un error humano se presumía y el infierno cayo en la isla.
Frente a el y a su izquierda, en el aire, un cuadro de chat se abrió y apareció el hermoso rostro moreno de la Oficial teniente ingeniero Esther Arteaga. Una sonrisa iluminaba su cansado semblante.
-Nico, ¿ todavía vives?-.
-Si Oficial sargento ingeniero- respondió Nicolas a media voz.
-Sabia que estarías cansado y de malas, ya te mande apoyo, llegaran en minutos-.
-¿apoyo? ¿mas de los reemplazos sacados de quien sabe donde?, no gracias-.
-No, ahora si te estoy mandando guardias, los pedí prestados al cuartel y accedieron-.
-Gracias Esther, de verdad. -Nicolas sonrió-.
-No hay de que Nico- le respondió Esther con la familiaridad con que trataba a sus oficiales- en cuanto lleguen asegúrate de dejar a cargo al teniente Lomelí, es el mas capacitado. Para ti tengo una misión especial en la costa-.
Nicolas se irguió -Ordene señora-.
-Como sabes, unas horas después de la alarma del “General Castillo”, se reporto la perdida del vant numero catorce (A) por falla mecánica. Sabíamos que cayo al mar pero no donde exactamente, hace unos minutos se reactivo su faro de seguimiento y ya lo ubicamos. Al parecer la marea lo ha llevado cerca de la costa de tu sector Nico, así que te pido que vayas a las coordenadas que te estoy enviando y lo recuperes, si no es posible, lo debes destruir como lo ordena el reglamento.-
La sonrisa de Nicolas se ensancho, una misión de ese tipo podía tardar días y podía considerarse mas una recompensa que una misión. -Muchas gracias teniente, me caerá de perlas-
-No hay de que, llévate a alguno de los nuevos para que le enseñes un par de cosas sobre La guardia-
-Si, señora-Nicolas se muerde el labio inferior cuando iba a hacer la pregunta de la que a la vez no quiere conocer la respuesta.
La oficial lo observa atenta y hace un gesto con la cabeza muy característico de ella -Se lo que quieres saber Nico- le dice suavemente -era un barco pequeño con algunas lanchas, al parecer no pasaban de trescientas cincuenta personas en total-.
Nico desvía la mirada -Tenia mucho tiempo que no trataban de llegar tantas personas. La ultima alerta, la de hace cuarenta y un días  era un velero con ocho tripulantes nada mas-.
La oficial se rasca distraidamente con el dedo meñique la comisura de su labio inferior, se despide guiñándole uno de sus negros ojos.